Ella caminaba sueños, lucía un vestido de arena, era playa calma, tenía la luz del amanecer y el asombro de la inocencia. Él tripulaba emociones, vestía un ropaje de pasión, era mar violenta, tenía el fuego de un atardecer tórrido y la insurrección del que busca. Una vez se encontraron: él se perdió en su vestido, fue raíz profunda, pasión desatada, temporal de versos, sol brillante del mediodía. Ella le ofrendó sus costas, fue rebelde virtud, tormenta desatada, noche insomne. Luego él fue marea en retirada, ola distante, océano de nostalgia. Ella fue orilla desierta, se tornó gaviota, sobrevoló el oleaje. Ambos se hicieron horizonte lejano.
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Ser Artista Callejero...
En los artistas callejeros se sintetizan: el amor al arte, la libertad que les da cultivarlo de ese modo y la rebeldía de hacer lo que se ama sin acatar los mandatos de los imperios artísticos. Desde cualquier esquina soleada, como esta, intentaré practicar ese oficio procurando ejercer el arte de contar las historias que fui recopilando en los caminos que anduve.
José Romano
José Romano
miércoles, 30 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Encaramado a la esperanza
Apareció una noche oscura a orillas de un mar frío, fue viaje incesante, huracanado viento de dolorosas memorias, temporal de emociones, procuró amar, intentó que lo amaran, trató de pedir perdón, se esforzó en aprender a perdonar, se empeñó en no traicionarse, trató de no traicionar, se equivocó, quiso corregir errores, se volvió a equivocar, se sintió solo, lo acompañaron, lo abandonaron, se volvió a sentir solo, quiso aprender a vivir, reprobó, descendió por empinadas cuestas, se subió a doradas ilusiones, fue feliz en la felicidad de quienes amaba, acompañó sueños, escribió canciones para otros, las olvidó, cruzó mares, naufragó en aguas violentas, se aferró a un sostén de ideales, llegó a costas amables, siguió la senda de antiguos caminantes, buscó verdades, tropezó con mentiras, supo de nostalgias, lo abrazó la melancolía: finalmente cayó en la batalla contra la tristeza y lo envolvió el silencio. Una mañana clara, en las arenas de un mar cálido, en el horizonte de su firmamento interior se vislumbró movimiento, como aves migratorias se iban desplazando en desprolija formación, cada vez se los veía más nítidos, cubrían su cielo, eran bandadas de poemas que provenían de todos los tiempos, los miraba asombrado, no los esperaba, se le acercaban sutiles, casi lo rozaban, rompían el silencio con un breve aleteo, le dejaban sonidos de amor, de esperanza, de ilusión, de paz, traían voces de reencuentro, de sueños cumplidos, se encaramó a uno de ellos, el más bello, remontando vuelo...
viernes, 25 de mayo de 2012
Fragmentidad
El parque es enorme y está
poblado de frondosos árboles que proveen una benefactora sombra altamente
valorada por los pobladores del lugar, sobre todo en un verano tan tórrido.
Los habitantes de la imponente casa que reina en el
medio del parque prefieren cobijarse
bajo aquella sombra antes que permanecer dentro de la vivienda. Para ello
toman posición en alguno de los muchos bancos que se hallan ubicados bajo los árboles.
Abelardo es un joven especial al que le apasiona la
poesía, es capaz de recitar de memoria cientos de poemas pertenecientes a
autores de todas las índoles. Ahora bien, hay uno que es su absoluto favorito,
se trata de André Bretón. Abelardo siente pasión por los textos de aquel y es
así que los versos de El Penacho, Girasol, Silueta de Paja o Todo Paraíso no
esta perdido le brotan tan naturalmente como si le pertenecieran.
En realidad él los siente como propios y se guarece
en su lectura todas aquellas veces que aparecen sus enemigos, esos tenebrosos
personajes que insisten en buscarlo.
Por suerte esto ocurre solo cada tanto y si bien
sabe que lo tienen localizado, él encontró refugio en aquella comarca. Las
personas que allí viven, junto con él, no conocen su verdadera identidad y eso
lo hace sentirse tranquilo.
Le da también tranquilidad la circunstancia de que
cada uno de sus vecinos permanece en su propio mundo sin preocuparse demasiado
por él, solo alguno que otro intenta aproximársele iniciando el dialogo. En
esos casos Abelardo los desorienta respondiéndoles con versos de Bretón, esto
le permite seguir ocultando quien es
verdaderamente.
A pesar de todo, hay ocasiones en las que claudica
y el peso de aquella misión que le fue encomendada al cumplir los quince años le resulta
abrumador, lleva ya diez años escuchando en ocasiones las voces de los que,
pronunciando su nombre, pretenden arrancarle su secreto.
Cuando esta claudicación aparece se vuelve más
comunicativo, acepta el dialogo con aquellos vecinos que lo abordan y se siente
bien, es como antes... cuando era niño... cuando no estaba solo... cuando
todavía no había sido elegido.
Lamentablemente esto no dura demasiado y los
personeros del mal vuelven a la carga afanosamente para conseguir lo que
buscan.
Son muy poderosos y disponen de todo tipo de
recursos para acercársele. Uno que
utilizan a menudo es el de aprovechar cuando el se sienta en uno de aquellos
bancos para ubicar a su lado a un joven
idéntico a él.
En esas ocasiones ese sosia suyo se dirige a él con voz amigable, casi afectuosa, le pregunta
como está, le cuenta cosas acerca de sus padres. El muy astuto seguramente ha
investigado sobre ellos para entrar en su intimidad. También suele traerle
revistas y un paquete lleno de medialunas, de seguro sabe que a él le encantan las medialunas.
Abelardo no entra en su juego, ignora indiferente
las revistas y el paquete y mientras el otro le conversa, mira permanentemente
hacia otro lado o responde incoherencias.
Esta visita se produce generalmente los sábados por
la tarde, siempre a la misma hora, y todas las veces se queda el mismo tiempo
como si siguiera una rutina preestablecida. Una vez que el sujeto se marcha,
frustrado su intento de arrancarle el secreto Abelardo se abalanza satisfecho
sobre el paquete y devora con fruición las facturas, luego vuelve a la casa,
entra en su cuarto y se tira en la cama a leer las revistas.
Aquel verano Abelardo siente que sus enemigos están
haciendo particulares esfuerzos por evitar que cumpla con su misión. Esto le
obliga a extremar las precauciones, teme que cansados de no obtener resultados
recurran a la violencia o lo vuelvan a someter a crueles torturas, los sabe
capaces de todo.
Recuerda como antes de llegar aquí lo habían
rodeado en su anterior vivienda sometiéndolo a salvajes interrogatorios hasta
que, ayudado por la suerte, logró escaparse introduciéndose subrepticiamente en
aquel vehículo que se había estacionado a la puerta de su casa. Así fue como
llegó a esta comarca consiguiendo un cuarto en la residencia principal.Es por eso que ahora, antes de bajar al parque, mira con
detenimiento desde su ventana tratando de descubrir si hay alguno de Ellos
entre los que están sentados en los bancos.
Lleva varias semanas preparándose para lo que él
sospecha va a ser el gran intento de Ellos. Para esto ha juntado gran cantidad
de provisiones como para resistir un largo asedio. También, y pensando en
defenderse, se equipó con una variada gama de elementos cortantes de casera
manufactura. Tiene la clara intención de dar batalla, sabe que serán muchos a
la hora de iniciar el ataque final.
Ese sábado al mediodía el calor es francamente
opresivo y Abelardo decide bajar al parque buscando la fresca sombra de los árboles.
Fiel a su consigna se dirige a la ventana para verificar que Ellos no estén
allí esperándolo. Una pavorosa sensación de terror le asalta cuando advierte
que están allí abajo diseminados en los bancos. Se da cuenta que son Ellos al
ver que disimuladamente se comunican entre sí mientras miran hacia la ventana
de su cuarto. La hora ha llegado.
Durante un momento se sintió acorralado, luego
comenzó a calmarse y se preguntó si no seria esta la ocasión de atacarlos por
sorpresa, de seguro no esperan algo así de su parte. Piensa que si los ataca
con celeridad dará cuenta de varios y
según como siguiese la lucha podrá terminar con todos o, cuanto menos, lograr
que se batan en retirada. Vale la pena intentarlo.
Con esta intención, toma las armas blancas que ha
construido y baja sigilosamente la escalera, sale a la galería y disimula su
presencia tras una columna.
Permanece tras ella unos instantes hasta que
advierte que tres de Ellos se han reunido en el mismo banco. Diciéndose a si
mismo que esta es la ocasión, se les abalanza con veloz fiereza y los apuñala
con inusual rapidez. Envalentonado, se apresta
a dirigirse hacia los demás cuando se ve atacado por otro grupo que no
había tenido en cuenta.
Estos sujetos, ataviados de blanco, salieron del
edificio, lo sorprendieron por la espalda y se trenzaron en dura lucha con él,
Abelardo se resistió bravamente hasta que uno de ellos le clavó su arma en el
brazo, una sensación de debilidad comenzó a invadirlo, la vista se le nubló y
una profunda oscuridad lo rodeó:
— ¡Hijos de puta, me mataron! — piensa mientras cae al suelo...
Son las dos y treinta de la tarde de ese sábado
cuando Daniel, abrasado por el sol, recorre las cuatro cuadras que separan la
estación del ferrocarril del neuropsiquiátrico en el cual hace ya varios años
se encuentra internado su hermano gemelo Abelardo. Concurre, como todos los
sábados a la visita que se desarrolla de quince a
dieciocho.Se sorprende cuando al llegar a la entrada del
lugar ve a dos patrulleros de la policía. Mayor es aún su sorpresa cuando le
informan que no podrá ver a Abelardo ya que esta incomunicado y dormido en una
sala especial, luego de que, como consecuencia de un terrible brote sicótico,
hubiera matado a puñaladas a tres indefensos pacientes.
La policía llevó a Daniel a una oficina y luego de
tomarle declaración le recomendó que volviera a su casa ya que de momento nada
podría hacer por su hermano.
Daniel, apesadumbrado por lo ocurrido, desanda
lentamente el camino hasta la estación, mientras, como es habitual en cada
visita, se pregunta porque, siendo gemelos, la locura se apoderó solamente de
su hermano.Permanece en el andén discurriendo esos
pensamientos hasta que llega el tren y se detiene abriendo las puertas. Daniel
sube al vagón y se sienta a la
ventanilla del lado de la sombra, se da cuenta que aun tiene la bolsa con las
medialunas y las revistas que todos los sábados le lleva a Abelardo. Al mismo tiempo que la formación inicia nuevamente
la marcha, exhala un profundo suspiro, toma una medialuna, saca un libro de su
mochila y se pone a releer los poemas de Bretón, su poeta favorito...
miércoles, 23 de mayo de 2012
Iniciar la tarea
Gaetano se ha caído muchas veces, en ocasiones el golpe fue muy duro, en otras el dolor resultó intenso, en algunas lloró angustiado o le gritó al mundo su sentir más profundo, de todas las caídas se levantó restañando sus heridas con el bálsamo de su arte. Hoy la cuenta le cierra: se ha levantado una vez más que las que ha caído.
Gaetano tiene un propósito y lo persigue con gran empeño, lleva un largo tiempo abocado a la labor, con tremendo esfuerzo va avanzando ya que no es ducho en el oficio, varias veces tuvo que deshacer lo hecho al no resultarle confiable, no obstante insiste obstinado, está decidido ha cumplir su cometido, así pasan días, semanas y meses hasta que una mañana de primavera se para en medio de la acera, toma distancia, observa con detenimiento hasta que finalmente con mirada aprobadora da por finalizada su obra: la pared que construyó frente a su vivienda está terminada, luce blanca, impecable, ahora si podrá iniciar la tarea y ejerciendo su oficio de pintor comenzar a trazar en la misma el mural en el que contará lo aprehendido...
martes, 22 de mayo de 2012
El primer olvido
Una vez, un caminante contó que todo empezó una noche muy larga, que la primera luz fue una mirada, el primer paisaje el amor, el primer sonido el silencio, el primer olvido el recuerdo y la primera palabra: esperanza. Que esta parió a otras poblando el silencio con diálogos, que al final del paisaje amaneció el egoísmo, que el diálogo se hizo griterío alumbrando soledad, que esta se fecundó en la primera palabra, que el resultado fue un sueño en vuelo que al elevarse se hizo luz iluminando el primer paisaje... renovando el primer olvido.
viernes, 18 de mayo de 2012
De tanto en tanto
Fortunata ama cantar, siente que cada vez que lo hace abraza la vida, cuando su voz se enciende silencia el ruido, mitiga las penas, acerca a los enamorados, afirma a los rebeldes, acaricia con suaves manos el alma de los que sufren, hace aflorar las sonrisas. Cada mañana ella aguarda con impaciencia subirse al tren en el que, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Lepoldo ama la música, siente que cada vez que toca la guitarra puede ver el alma de quienes lo oyen, al rasgar las cuerdas el aire se puebla de trinos, el ambiente se limpia, los corazones se vuelven puros, los enemistados se reconcilian, los que no saben comprenden, la alegría renace. Cada mañana él aguarda con impaciencia subirse al tren en el que, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Fortunata y Lepoldo se encontraron en el último vagón del tren un día que los dioses jugaban, se reconocieron al oirse, al unirse su arte el paraíso abrió sus puertas, el vagón se transformó en jardín colgante, sus corazones se hablaron, sus emociones se fundieron, a partir de allí nunca más se separaron.
Si alguna vez al tomar el viejo tren que viene del sur te encontrás con una hermosa muchacha sin brazos que canta con voz celestial, acompañada por un apuesto muchacho ciego que saca de su guitarra acordes del paraíso: son Fortunata y Lepoldo. Sentite feliz por ese regalo del destino y disfrutá de su don, ya que desde que unieron su arte y sus vidas, solo bajan de tanto en tanto, para no olvidar quienes son.
jueves, 17 de mayo de 2012
El perseguidor de sueños
Jardiel, durante mucho tiempo se dedicó a perseguir sueños, hoy ya no lo hace, a algunos pocos los alcanzó, otros le resultaron inalcanzables, hubo uno que tuvo un extraño comportamiento: estuvo durante un tiempo al alcance de su deseo pero no lo advirtió, cuando se dio cuenta que era el que más buscaba se había desvanecido.
Jardiel hoy vive en una casa a orillas de un río pequeño de aguas verdes y cristalinas, tiene un pájaro tallado en madera: un hermoso cardenal rojo.
Jardiel habla con su cardenal rojo, este no le contesta, los pájaros tallados en madera no tienen permitido hablar con los humanos, por lo menos por ahora, quizás algún día lo hagan regalando los sueños y esperanzas de quienes los tallaron con manos inquietas y viajeras.
Jardiel le cuenta acerca de sus sueños, de los que alcanzó y de los que no, le habla especialmente del que se le desvaneciera, un poco antes de que el cardenal rojo apareciera en su vida, no le importa mucho que no le conteste, tal vez porque solo necesita que lo escuche para poder escucharse.
Jardiel se llevó una tarde al cardenal rojo a orillas del río y le siguió hablando de ese sueño perdido, de la pena por no haberse dado cuenta que había estado frente suyo, de que tiene la remota esperanza de que de alguna manera se volverá a cruzar con él y que entonces si lo alcanzará, le habló con mucha más vehemencia que nunca. El cardenal rojo, como siempre, no le contestó, a Jardiel esto no le importó y le siguió hablando.
Jardiel le hablaba a su cardenal rojo cada vez con más vehemencia, le contaba que tenía la sensación de que algo iba a pasar para reencontrarse con ese sueño perdido, en su entusiasmo, sin querer, lo empujó haciéndolo que cayera en el río verde de aguas cristalinas.
Jardiel se quedó inmóvil viendo como el cardenal rojo era llevado por la corriente río arriba. Se preguntó si realmente los pájaros tallados en madera por manos inquietas y viajeras no hablan. Pasado un momento, se metió en el río verde de aguas cristalinas y comenzó a nadar a favor de la corriente buscando su desembocadura en el mar de los sueños...
lunes, 14 de mayo de 2012
El vino de la nostalgia
Baldomero llevaba acumulados demasiados recuerdos a lo largo de su vida, llegó un momento en que los mismos comenzaron a resultarle pesada carga ya que eran muchos y muy intensos, no obstante ello los cargaba con placer, se decía a si mismo que los malos recuerdos le permitían relativizar a los problemas que se cruzaban en su camino y los buenos le reconfortaban el alma ayudándolo precisamente a sortear esos problemas. Había transitado a lo largo de su vida por las más variadas geografías pobladas por paisajes de personas enmarcadas en los más diversos paisajes. De naturaleza emotiva y sensible Baldomero amó a muchas de esas personas y admiró a muchísimos de los paisajes, también aprendió de sabios maestros, se entregó a amadas, bebió el vino de la partida y se despidió con pena cada vez que partió cargando con los recuerdos de lo vivido. Así discurrió su existir hasta que llegó a su actual paradero, que no es otro que el lugar donde tanto tiempo atrás iniciara el viaje, comenzó a descargar sus recuerdos reclasificándolos por tipo de vivencia e intensidad, una vez que así o hizo se le ocurrió que podía compartir los mismos con sus paisanos, se dijo que para él eran muchos y que quizás le sirvieran a alguien, acometió la tarea con gran entusiasmo, el mismo con el que siempre había vivido, se sentía feliz: tenía una misión, ejercía un oficio. Prontamente lo asaltó la decepción: la indiferencia de aquellos a quienes ofrecía sus recuerdos era absoluta, lo miraban con recelo, eludían su oferta. Como además era obstinado insistió, la vida le había enseñado a reintentar, cruzó inclusive una frontera: ofreció alguno de sus mas preciados e íntimos recuerdos, esos que jamás pensó en compartir. Todo fue en vano: a nadie le interesó lo que tenía para contar.
Pasado un tiempo, juntó una vez más sus recuerdos, los cargó nuevamente en su alma, bebió el vino de la partida y se volvió a marchar del lugar. Hoy se lo puede ver a Baldomero en un viejo bar a orillas de un mar del norte bebiendo el vino de la soledad acompañado por su multitud de recuerdos. Muy de tanto en tanto algún viajero se acerca a su mesa, comparte el vino de la nostalgia y luego se marcha enriquecido por un recuerdo que le obsequió Baldomero....
viernes, 11 de mayo de 2012
Ser artista callejero...
El artista callejero rinde culto a la libertad, ama su oficio por sobre todas las cosas, sus instrumentos los afina con el diapasón de su alma, las localidades para sus funciones nunca se agotan, como un titiritero nos ofrece su arte manejando los hilos de su sensibilidad...
viernes, 4 de mayo de 2012
La palabra sensible
Artemio mira la vida a través de la ventana de un viejo bar, viejísimo, que está ubicado en la esquina donde se cruzan los sueños y las decepciones. Llegó allí luego de andar persiguiendo sueños y aceptando decepciones, durante mucho tiempo llevó un prolijo recuento de ambas hasta que se dio cuenta que era inútil y se dedicó a disfrutar de perseguir sueños.
Artemio tiene un raro don: puede darle forma a las palabras que pronuncia, siempre y cuando estas expresen un sentimiento auténtico. Es así que como resultado de un fuerte enojo su discurso puede tomar la forma de afilados puñales capaces de herir a quienes provocan su airada reacción o convertirse en un ruiseñor entonando su bello canto si las mismas están dirigidas a alguien que moviliza su afecto.
Artemio pasó la vida cargando con este don, sintiéndose mal por haber herido a demasiadas personas con las agudas formas que tomaban sus palabras o avergonzado por la sensible apariencia que cobraban en otras ocasiones. Entendió de ese modo que debía ejercitar la templanza para evitar estas reacciones y así lo hizo, de esta manera se obligó a pensar antes de responder vehementemente y a medir la posibilidad de recibir afecto que otros tenían.
Artemio entonces supo que pasaría la vida en soledad, así fue que decidió andar todos los caminos que el destino le propusiera, recorrió cientos de lugares y en cada ocasión que pudo, instalado en algún viejo bar, ejercitó su don para maravilla de los concurrentes que lo veían crear amigables y atractivas formas que poblaban el lugar.
Artemio aprendió finalmente a esconder sus emociones dentro de las formas que crea logrando de esa manera evitar dañar a nadie, también de ese modo se protege ocultando su modo de dar afecto.
Artemio se instaló definitivamente en el bar de esa esquina en la que se cruzan los sueños y las decepciones, muy de tanto en tanto, alguno de los que se acerca a su mesa se levanta de ella llevando consigo una palabra sensible que con forma de ruiseñor le va cantando al oído...
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