Ser Artista Callejero...

En los artistas callejeros se sintetizan: el amor al arte, la libertad que les da cultivarlo de ese modo y la rebeldía de hacer lo que se ama sin acatar los mandatos de los imperios artísticos. Desde cualquier esquina soleada, como esta, intentaré practicar ese oficio procurando ejercer el arte de contar las historias que fui recopilando en los caminos que anduve.
José Romano



martes, 24 de abril de 2012

Circular

Una noche oscura y tormentosa, un caminante se refugió en cierta hostería al pie de una cordillera, lo recibió una muchacha de tapado grande y ojos negros que le habló de sueños urgentes. Al hacerlo, desnudó su corazón para arroparle el alma, él, agradecido, la arrulló con un son de palabras. El caminante partió por la mañana llevando consigo nostalgias de muchacha y un abrigo de pasión, la muchacha de tapado grande y ojos negros se quedó con añoranza de poemas y una huella en el alma. El caminante cumplió su destino de andar caminos, se albergó en cuantas hosterías le fueron hospitalarias, navegó en tormentosas historias, desembarcó en las costas de lejanas muchachas, les regaló collares de palabras y siempre partió: con nostalgia de muchacha. El caminante cultivó esperanzas en mares del norte, buceó amores en océanos del sur, restañó heridas en valles verdes, acometió hazañas en montañas nevadas, se dejó llevar por suaves brisas y buscó, en cálidas hosterías, cobijo de pertinaces lluvias de recuerdos. Una noche fría y clara el caminante descubrió que el camino es circular y que el radio de su ser podría resultar mayor que el diámetro del mundo. Se detuvo entonces en cierta hostería al pie de una cordillera, se abrigó con el crepitar de la leña en el hogar, bebió ambrosías en celo y desnudó su corazón para arroparle el alma a una muchacha de tapado negro y ojos grandes, ella, agradecida, lo arrulló con un son de palabras.
 

jueves, 5 de abril de 2012

El Buscador

Arístides había comenzado la búsqueda muy tempranamente, recibió el mandato de su padre, eso lo llevó a andar demasiados caminos o mejor dicho: los caminos necesarios. A muchos de sus perseguidos los había alcanzado, otros se le fueron escapando perdiéndose en las brumas de amaneceres de esperanza, algunos, los más osados, se habían convertido en sus propios perseguidores circunstancia que en ocasiones lo hacía vivir en paradoja. Por momentos se preguntaba si no era ya suficiente, si no debía conformarse con aquellos que alcanzara y retirarse de ese pertinaz oficio suyo. Era este uno de esos tiempos: en ocasión en la que había hecho un alto en el camino para reponer energías, alojándose en aquel sitio al cual siempre regresaba buscando resguardo, estaba casi convencido que ya era hora, que eran muchos los años de búsqueda y suficiente lo alcanzado. La decisión se veía venir: Arístides comenzó a hacer un inventario de lo realizado como para darse fuerzas, miró a su alrededor y se dijo que ese era el mejor lugar en el cual reposar, todo parecía listo para que el buscador que habitaba en él se llamase a sosiego. Sin embargo, inesperadamente, uno de aquellos que se convirtiera en su perseguidor golpeó a su puerta presentándosele por primera vez a cara descubierta, Arístides al verse frente a frente se dio cuenta que era sin duda lo que más había buscado, que por fin estaba delante suyo pero advirtió que se le podía ver y oír pero no tocar, maldijo por que el encuentro se produjera de ese modo, tan tardíamente. Así permanecieron un largo rato, en un diálogo profundamente íntimo, reconociéndose, validándose, entrelazando los puntos de coincidencia. Entonces Arístides aceptó lo que pasaba, se levantó, preparó su sencillo ropaje y retomó una vez más el camino sabiendo que nunca abandonaría la búsqueda de sueños e ilusiones...
A Arístides se lo suele ver subiendo laderas escarpadas con paso vivo o bajando por senderos que conducen a valles verdes, es fácil distinguirlo: su sombra se refleja en los caminos que él anda pero emana un brillo azulado muy particular, como si tuviera vida propia.

martes, 3 de abril de 2012

El parroquiano

Como todos los inviernos es habitual verlo llegar al viejo Café De Los Sueños enfundado en su gabán azul,  protegida la cabeza con una gorra y al cuello una bufanda roja sobre la que descansa  parte de su barba intensamente blanca. Sus profundos ojos negros recorren el lugar con el detenimiento de quien pasa inventario.
Con paso lento se dirige hacia la mesa del rincón, al lado del perchero, junto a la ventana. Se acerca con parsimonia, como repitiendo un ritual dobla con prolija meticulosidad su bufanda, cuelga su gabán y la gorra en el perchero, se sienta en la silla, apoya  un cuaderno de tapas verdes sobre la mesa y deposita  a su lado una estilográfica de capuchón dorado. En el lomo del cuaderno se advierte el dibujo de una serpiente también en color oro. Los más antiguos concurrentes del café afirman que la primera vez que llegó fue en aquel largo invierno del 76 y que desde entonces no ha  faltado ninguna noche de cada invierno.
Hecho todo esto levanta  la vista, dirige su mirada al mozo y con un leve movimiento de cabeza le imparte la silente orden con la que se preparará  su habitual pedido, un café cargado y un coñac Reserva San Juan en copa caliente. Mientras lo aguarda  apoya  su codo en la rugosa madera del borde de la ventana mientras pierde su mirada en la profundidad de la avenida, como siguiendo los senderos que las luces del alumbrado marcan en el empedrado.
Los habitúes del café saben que no deben acercarse a él hasta que haya finalizado el coñac, la señal que abre el camino son  las primeras volutas de humo que se elevan al cielo una vez que enciende su pipa.
También saben que de ninguna manera recibirá a más de uno por vez y que no a todos les permitirá sentarse a su lado, usando para ello un criterio de selección que desconocen.
Así de ese modo se va armando un ordenamiento tácito para acercársele, obtener su consentimiento, iniciar la conversación, tomar  un café, plantearle dudas, temores, anhelos e inquietudes para aguardar luego que les haga  un comentario que pueda dar solución a lo expuesto.
 La mayoría de las veces las respuestas de él son metafóricas, en ocasiones en forma de breves relatos orientales con final abierto. También suele con alguna frecuencia hacer referencia a las grandes tragedias griegas.
El tertuliano de turno sabe que cuando él se llama  a silencio abriendo el cuaderno verde,  tomando la estilográfica, ha  llegado el momento de levantarse para partir intentando encontrar en sus comentarios las claves que resuelvan lo planteado.
Con el correr de los años muchos de los que le consultaron creyeron haber encontrado en sus palabras el camino a seguir y la solución a sus existenciales inquietudes.
Esto ocurre año tras año y noche tras noche, desde que comienza el invierno y hasta el final del mismo.
En otra parte de la ciudad, en un lujoso barrio cerrado, vive Ernesto junto con su familia, su padre es un militar retirado.
Un día, ya cercano el comienzo de la primavera, en el salón de fiestas del barrio se celebra el cumpleaños de quince de la hija de uno de los vecinos del lugar. Como es lógico en la misma hay un gran número de jóvenes. La fiesta transcurre en un marco de mucha alegría, luego de producirse el clásico corte de la torta comienza a sonar el vals con el que la joven agasajada abre el baile con su padre, una vez hecho esto familiares y amigos se van relevando en danzar con la niña. Finalmente llega el turno de Ernesto, este apenas da unos pasos del vals cuando es interpelado abruptamente por otro joven de su edad quien pretende desplazarlo de mala manera, él se resiste a ello y es allí que aquel, absolutamente ebrio, comienza a insultarlo y pretende agredirlo. Ernesto ignora la agresión y sigue bailando, esto altera mucho más al ebrio quien lo toma del brazo y lo saca con violencia. Frente a esa situación, se hace a un lado para no estropear el momento de su amiga, esto no es suficiente para calmar al joven borracho quien totalmente descontrolado empieza a insultarlo con cuanto epíteto le viene a la cabeza y ya queriendo ofenderlo al máximo de sus posibilidades le dice:
­ ¡Pero tomatelas pendejo de mierda! ¿Qué carajo haces vos acá? ¡No tenes derecho a estar! si sos una basura. Da gracias que a vos te rescataron y te  pudiste criar en una gran familia.
Dicho esto se produjo un súbito silencio y Ernesto quedó como el boxeador que recibe un golpe de nocaut, se puso pálido y solo atinó a salir del salón hacia su casa.
Encerrado en su habitación pasó el resto de la noche procesando este cruel e infame comentario que atenazó su alma instalándole una terrible duda. A la mañana siguiente se dirigió al comedor mientras desayunaban sus padres y los  interrogó intempestivamente sobre el asunto.  Tomados por sorpresa ambos mostraron cierto titubeo y algunas vacilaciones en  sus respuestas, finalmente su padre le dijo:
Quedate tranquilo hijo, no hagas caso de los comentarios de alguien que estaba totalmente ebrio, vaya a saber que extrañas fantasías lo llevaron a decirte eso, a lo mejor te tiró a vos su propia historia. Dejame que yo hable con sus padres y ya vas a ver que todo se aclara con esto y fiel a su autoritario estilo dio por cerrado el tema.
Esta respuesta no dejó a Ernesto para nada tranquilo quien se quedó mascullando su desazón. Fue hasta la facultad pero no pudo concentrarse, así que salió y se sentó en la plaza a meditar. Después de un rato se puso a conversar con otro grupo de estudiantes y por esas cosas  que tiene la transmisión boca en boca escuchó hablar del Café de los Sueños, de aquel parroquiano y de las posibilidades que un encuentro con este le brindan a quien carga una congoja. Pasado un tiempo y sin poder disipar su angustia regresó a su hogar.
Luego de unos días de profundas cavilaciones llegó hasta aquella noche, la séptima de septiembre en la que tomó la determinación de ir al café, acercarse a la mesa, ver si  lograba ser admitido como  ocasional compañero de mesa del habitual parroquiano y dada esa circunstancia contarle sus dudas.
A pesar de lo cercano de la primavera es una noche muy cruda y un fuerte viento del sur se empecina en azotar a los caminantes con una gélida llovizna.
Ernesto, protegido por  un piloto azul camina con ansiosa determinación las ultimas cuadras que lo separan de lo que imagina podría ayudarlo a disipar su angustia.
Así llega al café, se detiene frente a la puerta vaivén y observa los opalinos vidrios de la misma, los ángeles pintados en cada cristal parecen convidarlo a entrar, cosa que hace empujándola suavemente.
Ni bien ingresa lo reciben los acordes de una  milonga de Piazzolla  que impregnan  el ambiente con un melancólico clima. Mientras tanto, el humo de los cigarrillos viaja hacia el techo envolviendo las amarillas luces de las lámparas que de él cuelgan.
Con ansiedad dirige la mirada hacia las mesas intentando descubrir cuál de los parroquianos puede ser el que busca. Rápidamente lo descubre en la mesa del rincón, solo y fumando su pipa, sus miradas se cruzan y un casi imperceptible estremecimiento se advierte en aquel, notado esto por Ernesto es interpretado como una invitación a acercarse, así lo hace y  manejado por la mirada del otro se sienta a su lado. Luego de algunos titubeos comienza a contarle su historia, la desazón que le genera el temor de haber sido adoptado y su necesidad de conocer las circunstancias en que esto habría ocurrido.
Pocos minutos de conversación transcurrieron cuando de repente los pocos habitantes del bar a esa hora observan con horror sin poder hacer nada, que el parroquiano saca  de su cintura un puñal clavándolo en el pecho de Ernesto matándolo de inmediato. Hecho esto lo deja con la cabeza apoyada en la pared mientras le cubre el rostro con su propia bufanda.
Luego se sienta nuevamente a su mesa y con la postura de quien ha concluido algo se recuesta en la silla.
Una vez pasados los primeros instantes, los atónitos testigos del mismo se abalanzan  sobre el cuerpo ya sin vida de Ernesto. Otros lo hacen sobre su asesino para reducirlo. Este no opone resistencia alguna.
Mientras tanto el encargado del café llama  a la ambulancia y de inmediato a la policía. Poco después, casi al mismo tiempo, los enfermeros retiran el cadáver del joven y dos agentes se acercan para detener al victimario. Este se levanta, los mira con arrogancia y levantando la mano los frena en su intención al tiempo que les espeta el siguiente discurso:
En realidad vosotros creéis ver en mí a un  viejo loco y asesino, mas en realidad no sabéis que bajo esta apariencia quien realmente ocupa este cuerpo es una antigua habitante de Pition. Durante muchos años moré en aquel lugar al que cientos acudían a escuchar mis predicciones, en una ocasión acudió a mí alguien quien a instancias de mis decires equivocó el camino y tomó una decisión que culminó en horrible tragedia. Con esta apariencia que hoy tengo vagué por los siglos de la eternidad ya que fui advertida que aquel antiguo drama  que no pude evitar en su momento se iba a repetir. Así fue que esperé pacientemente que apareciera el señalado para, en esta ocasión, evitar que nadie intermediara en mi mensaje y acabar yo con él evitándole los horrores que iba a sufrir si la historia se repetía.
Finalizado su discurso se entrega mansamente y los policías se lo llevan esposado. Luego de unas semanas es recluido en un neuropsiquiátrico. Diariamente se lo puede ver caminando por  los jardines del lugar, siempre en silencio y despaciosamente. Esto fue así hasta que sus cuidadores, al ir a buscarlo a su cuarto, advirtieron que había escapado…
El verano ya está decididamente instalado y desde hace unas semanas se ve llegar a un viejo café, ubicado en la portuaria zona sur de la ciudad, a un joven ciego que sistemáticamente se ubica en la misma mesa. Llega hasta ella guiándose hábilmente con su bastón blanco, el que pliega prolijamente antes de sentarse depositándolo en una silla, luego de ello saca un libro y comienza a leerlo recorriendo sus páginas con los dedos de su mano izquierda…