Ser Artista Callejero...

En los artistas callejeros se sintetizan: el amor al arte, la libertad que les da cultivarlo de ese modo y la rebeldía de hacer lo que se ama sin acatar los mandatos de los imperios artísticos. Desde cualquier esquina soleada, como esta, intentaré practicar ese oficio procurando ejercer el arte de contar las historias que fui recopilando en los caminos que anduve.
José Romano



viernes, 8 de junio de 2012

Amor Eterno

Cayetano, con la mirada clavada en el viejo estaño de la barra que en herradura alberga a los habitúes del lugar bebe lentamente su vaso de vino luego de haber concluido el almuerzo.
Antiguo conocedor del día y la noche de Buenos Aires, se siente muy a gusto en aquel viejo bar al paso que, como un retrato en sepia, permanece  enclavado en el medio de la colorida modernidad del siglo XXI.
El nombre del lugar: “Bar Mistongo” es en sí mismo una declaración de principios. Ubicado en aquella calle que desciende hasta morir en el bajo, se constituye en territorio de una heterogénea población. Al mediodía lo habitan humildes empleados en su mayoría de mas de cincuenta años, que acuden en búsqueda del plato del día que Don Juan distribuye en generosas porciones, la misma generosidad con la que completa  el vaso de vino de aquellos parroquianos en los que advierte una silente demanda.
Por las noches el público disminuye al mismo tiempo que cambia  radicalmente, son sus pobladores veteranos transeúntes de la noctámbula porteña. Beben ginebra mientras escuchan los tangos que suenan desde el vetusto tocadiscos que Don Juan mantiene siempre girando. En invierno no falta  la presencia de alguna esforzada trabajadora de la noche que ingresa  en busca de un reparador café caliente, café que por supuesto le es provisto sin cargo y sin contraprestación alguna.
Aquel mediodía Cayetano se mostraba particularmente ansioso, bastante más de lo habitual, miró el reloj  y vio que eran las dos de la tarde. Levantó  el vaso, notó que estaba vacío, lo depositó de nuevo en la barra, se movió inquieto en la banqueta, amagó pararse, miró por la puerta, advirtió que a la entrada del Banco que se encontraba en la vereda de enfrente había  estacionado un camión  de caudales y dos guardias apoyados en él con los fusiles en sus brazos, miraban hacia el bar.
— Que feo trabajo — pensó mientras volvía a acomodarse en el asiento.
Don Juan, con la capacidad de diagnostico que confieren tantos años de atender parroquianos, advirtió la necesidad del alma de su cliente y le completó con vino tinto el vaso vacío. Cayetano, levantando la vista, agradeció el gesto con cómplice sonrisa.
Ese movimiento le permitió ver por sobre los hombros de Don Juan aquel viejo póster de la revista El Grafico que, empecinado en permanecer en la pared, muestra la triunfal  imagen de Ringo Bonavena cuando el  4 de Septiembre de 1965 le arrebatara la corona de pesados a Goyo Peralta.
Esa imagen lo corrió del actual  momento en curso a aquella noche de cuarenta años atrás y, entrecerrando los ojos, casi vuelve a oír el estruendoso bullicio de la multitud congregada en el Luna Park. Rememora ese sábado con particular emoción, hacia muy poco que había cumplido diecisiete años y había concurrido al estadio estrenando su primer traje, en lo que fuera la primera incursión  a la noche porteña  en compañía de  sus amigos. Recuerda que importantes y todopoderosos se sentían y como les parecía que la ciudad, reconociéndoles sus derechos, les abriría generosa las puertas de un mundo fantástico.
Sumergido en el pasado volvió, inevitablemente y como siempre, al momento aquel cuando saliendo del Luna la viera entre la gente. Regresó la imagen de aquel vestido negro que se ajustaba a su cuerpo marcando las formas de su  atractiva figura, el intenso brillo de su   cabello negro y por sobre todo, los ojos, esos enormes ojos también negros que le fue imposible dejar de mirar.
Una vez mas se instaló en el la sensación de que era el único que aquella velada la había visto.
Recuerda, como es habitual, que pasados aquellos  instantes  de embeleso y aislamiento en que todo se silenciara y solo estuvieran ella y él, había salido con sus amigos por la puerta de Bouchard subiendo luego  por  Corrientes en busca del lugar que elegirían   para comer unas pizzas y beber vino tinto. Y como, cada tanto, había mirado a su espalda  con la sensación que ella lo venia siguiendo.
Decididamente metido en el recuerdo se ve  sentado a la mesa del lugar discutiendo con sus amigos,  como émulos de Ulises Barrera,  acerca del desarrollo del combate. Luego la conversación derivaría hacia otros tópicos,  pasando por la literatura, la poesía, la política, las revoluciones, el amor, la vida, la muerte…
Llevaban ya un largo rato debatiendo acerca de como esta se entrecruzaba  permanentemente con los anteriores aspectos y no  lograban ponerse de acuerdo sobre si daba  lo mismo morir de cualquier forma cuando Cayetano dijo paradójicamente:
— Miren muchachos, para mí, hay muertes que vale la pena vivirlas.
Tiene claro que fue en aquel  momento cuando, levantando de golpe la vista y mirando por el espejo que se hallaba en la pared, viera otra vez sus ojos negros y esa particular expresión con que ella lo estaba observando. Recuerda como se había levantado, inexorablemente atraído por su mirada, acercándose hasta su mesa y como ella le permitiría, con una sonrisa, sentarse a la misma iniciando la conversación.
Lo que seguía del recuerdo eran aquellas horas que habían compartido en el hotel  hasta llegar el alba unidos los espíritus mucho más allá de la pasión de sus cuerpos, como si esa unión proviniese de un tiempo anterior a ellos. Persiste en él la magia del momento en que viera como el vestido negro se deslizara desde los hombros hasta el piso dejando al desnudo su cuerpo y como la abrazara tembloroso e inexperto.  Aún hoy siente la excitación que aquel momento le produjera. Todavía le molesta   la velocidad con que ese tiempo había pasado y la tenaz resistencia que ella opusiera a todos sus requerimientos de concertar un nuevo encuentro.
Le parece volver a escucharla diciéndole que no, que no es posible, que no era ese el momento para que iniciaran algo, que ya llegaría un tiempo  en que  lo buscaría y podrían compartir toda la eternidad. Con el mismo dolor de siempre llegó el recuerdo de la mañana y el momento de la despedida en la puerta del hotel  cuando ella, permitiendo que él le robara un último beso, se alejaría, calle abajo, lentamente y sin volver la mirada. 
Aquella noche había  marcado a Cayetano para toda su vida, impidiéndole olvidarla y condenándolo a vivir en soledad, embebiendo en alcohol estos cuarenta años y con la esperanza de volver a encontrarla. Vaya si la había buscado, aún hoy seguía haciéndolo…

El sonido de una sirena y un bullicio superior al de costumbre lo trajeron súbitamente al momento actual y a la geografía del Bar Mistongo. Acostumbrado a esos viajes retrospectivos, comenzó a salir de su interior y a tomar contacto con el momento real.
El ruido de las sirenas fue aumentando y el bullicio exterior también, miró hacia afuera y se dio cuenta que algo estaba pasando en el Banco, los guardias que viera antes estaban caídos detrás del camión de caudales y el ruido de las sirenas se oía cada vez mas cerca.
 — Un asalto — dijo en voz alta y se acercó hasta la puerta del bar para ver que ocurría.
Cuando llegó hasta allí y pudo ver toda la escena, se quedó helado, un sujeto que parecía ser un asaltante abrazaba  el cuerpo de una joven a la  que apuntaba  con un arma y cual no sería su asombro al ver que esa jovencita no es otra que Ella.
— Esto no puede ser, no es posible que la encuentre después de tanto tiempo y en estas circunstancias, ¡y encima está igual! ¡los años no pasaron para ella! — se dijo.
La miró a los ojos, esos ojos negros que habían sido motivo de su desvelo y se dio cuenta que lo había reconocido. Sin saber como, ni de donde, sacó fuerzas y astucia para cruzar la calle, golpear al ladrón y liberarla. Lo que siguió fue para Cayetano increíble, otra vez el mundo se silenció y solo existían ella y él mirándose. Queriendo asegurarse que no la perdería, la tomó por la cintura y la obligó a correr hasta la esquina, ella  lo siguió dócil y agradecida. Luego de esto se detuvieron un momento, se miraron nuevamente y ahora si, para felicidad de Cayetano, se alejaron juntos, calle abajo y sin volver la mirada…

...

Los diarios del día siguiente publicaron la noticia del heroico gesto de Cayetano Cepeda, habitual parroquiano del Bar Mistongo. Con inusitada valentía había salido del bar y liberado, permitiendo que se escapara, a una joven de diecisiete años a la que tenia como rehén uno de los asaltantes del Banco que funcionaba frente al bar. Lamentablemente, otro de los delincuentes había disparado desde el interior de la institución asaltada dando muerte en el acto a Cepeda…

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